Mujercitas
Mujercitas Meg aceptó de inmediato y prometió ayudarla; ofreció gustosa todo lo que poseía, desde su casita hasta sus mejores cubiertos. Jo, en cambio, frunció el entrecejo al conocer el proyecto y, de entrada, se negó a participar en él.
—No veo por qué tienes que gastar tu dinero, molestar a toda la familia y poner la casa patas arriba por un grupo de chicas que no dan un centavo por ti. Pensé que tenías orgullo y sentido común suficiente para no adular a una muchacha solo porque usa botas francesas y se desplaza en un coupé —apuntó Jo, que había interrumpido la lectura de una novela en el punto álgido y no estaba de buen talante para tratar asuntos de sociedad.
—Yo no adulo a nadie, ¡y no aguanto que me trates con condescendencia! —replicó Amy indignada, puesto que las dos hermanas todavía se enfadaban con facilidad por cuestiones como ésa—. Las chicas sí se preocupan por mí y yo por ellas, y aunque vayan a la moda son amables, sensibles y tienen talento. A ti no te interesa conocer a gente, codearte con la buena sociedad y mejorar tus modales y tus gustos, pero a mí sí. Pienso aprovechar las posibilidades que se crucen en mi camino. Tú puedes seguir yendo por ahí con los brazos en jarra y la cabeza erguida, y decir que es porque eres independiente, pero ése no es mi estilo.