Mujercitas
Mujercitas —Querida, ¿no te parece que, puesto que esas jóvenes están acostumbradas a esos manjares, por bueno que sea lo que les ofrezcas no les sorprenderá, y que serÃa preferible ofrecerles algo sencillo para variar? Asà no tendremos que gastar ni pedir nada prestado para esforzarnos en hacer algo fuera de nuestras posibilidades.
—Si no puedo hacerlo como quiero, prefiero no organizar nada. Con tu ayuda y la de mis hermanas, todo saldrÃa de maravilla. No veo por qué no habrÃa de hacerlo como deseo si estoy dispuesta a pagar lo que cuesta —dijo Amy con una decisión que, de encontrar oposición, se transformarÃa en obstinación.
La señora March sabÃa que la experiencia era la mejor maestra y, siempre que le era posible, dejaba que sus hijas aprendiesen por sà mismas lecciones que con gusto les hubiese evitado de haberse prestado ellas a escuchar sus consejos, en lugar de hacer justo lo contrario.
—Muy bien, Amy; si estás decidida y te sientes capaz de hacerlo sin gastar demasiado dinero, tiempo o paciencia, no tengo nada más que decir. Coméntaselo a tus hermanas y, decidáis lo que decidáis, haré lo que esté en mà mano por ayudaros.
—Gracias, mamá, siempre eres muy buena. —Y, dicho esto, Amy se fue a informar de su plan a sus hermanas.