Mujercitas
Mujercitas —No veo inconveniente. ¿Qué quieres dar de comer? Supongo que bastará con un pastel, unos bocadillos, algo de fruta y café.
—¡No, por Dios! Tendremos que servir fiambre de lengua y pollo, chocolate francés y, además, helado. Las chicas están acostumbradas a esas cosas y quiero dar una comida adecuada y elegante aunque yo tenga que trabajar para ganarme el sustento.
—¿Y a cuántas muchachas quieres invitar? —preguntó la madre, que empezaba a ponerse seria.
—En clase somos doce o catorce, pero no creo que vengan todas.
—¡Válgame el cielo, hija, tendrás que contratar un ómnibus para llevarlas de paseo!
—¡Mamá, qué cosas se te ocurren! No vendrán más de seis u ocho, asà que me bastará un carruaje pequeño, y pensaba pedirle al señor Laurence su char à banc.
—Pero todo esto saldrá muy caro, Amy.
—No demasiado, he calculado el coste y podré pagarlo con mi dinero.