Mujercitas
Mujercitas Estuvo a punto de ir corriendo a casa, sin quitarse siquiera el delantal, y pedir a su madre que le echase una mano, pero John y ella habían acordado que no molestarían a los demás con sus preocupaciones, experimentos o peleas. Al pronunciar la última palabra habían reído como si la simple idea de que pudiesen llegar a pelearse resultase ridícula, pero estaban dispuestos a resolver cualquier cosa solos, sin que interviniese un tercero, tal como los había aconsejado la señora March. Así que, en aquel caluroso día de verano, Meg lidió sola con la reacia mermelada hasta que a las cinco en punto, derrotada, se sentó en su diminuta cocina, se limpió las embadurnadas manos y se echó a llorar.
En los primeros tiempos de su nueva vida, acostumbraba a decir: «Mi esposo podrá traer a un amigo a comer cuando quiera. Yo estaré siempre lista y me ocuparé de todo sin nervios, sin prisas y sin malas caras. Cuando llegue, encontrará la casa limpia, una esposa feliz y una buena comida. Así pues, John, querido, no tienes ni que pedirme permiso, puedes invitar a quien sea con la seguridad de que os brindaré una cálida acogida».