Mujercitas
Mujercitas Movida por el ansia de surtir su despensa con productos caseros, la joven decidió hacer mermelada de grosella. Pidió a John que trajese una docena de tarros pequeños y algo de azúcar, pues las grosellas que tenían ya estaban maduras y quería aprovecharlas antes de que se echasen a perder. John consideraba que «mi esposa» no tenía nada que envidiar a otras y se sentía muy orgulloso de sus habilidades, por lo que decidió complacerla y dejar que transformase su única cosecha de fruta en agradables conservas para el invierno. Volvió a casa con una docena de tarritos preciosos, medio barril de azúcar y un niño al que contrató para que recogiese las grosellas. Con su hermoso cabello recogido y cubierto con un gorrito, las mangas subidas hasta los codos y un delantal de cuadros que resultaba muy coqueto, a pesar del peto, la joven ama de casa se puso manos a la obra, segura de su éxito. ¿Acaso no se lo había visto hacer cientos de veces a Hannah? Al principio, la hilera de potes la intimidó un poco, pero se dijo que merecía la pena llenarlos todos porque a John le gustaba mucho la mermelada y los tarros lucirían mucho en el estante superior de la despensa. Pasó el día preparando, cociendo y colando. Hizo cuanto pudo, buscó consejo en el libro de la señora Cornelius, se exprimió el cerebro tratando de recordar qué podría hacer Hannah que ella hubiese olvidado, volvió a cocer, añadir azúcar y colar, pero no conseguía que aquella masa horrenda pareciese mermelada.