Mujercitas
Mujercitas 
Cuando llegó a casa, trató de mitigar el remordimiento contemplando la belleza de la seda, pero entonces le pareció que brillaba menos, que no le favorecía tanto como esperaba y creyó ver estampadas en las dos caras de la tela las palabras «cincuenta dólares». La alejó de su vista, pero la imagen de la tela la perseguía no como lo haría un hermoso vestido, sino como el fantasma de un terrible error difícil de subsanar. Aquella noche, cuando John cogió el libro de contabilidad, a Meg le dio un vuelco el corazón y, por primera vez desde que se casó, tuvo miedo de su esposo. Sus amables ojos marrones podían resultar muy severos y, aunque él estaba especialmente contento, Meg sospechaba que la había descubierto y disimulaba. Como había pagado todas las facturas y las cuentas estaban al día, John la felicitó, y cuando se disponía a abrir el viejo billetero que llamaban «el banco», Meg, sabedora de que estaba vacío, le detuvo la mano y dijo con cierto nerviosismo:
—Todavía no has revisado mis gastos personales.