Mujercitas
Mujercitas John nunca pedía verlos, pero ella insistía en compartirlos con él y le divertía la extrañeza masculina con la que él recibía las peculiares necesidades de las mujeres. Así, buscaba saber a qué correspondía el epígrafe «cordoncillos», la interrogaba con firmeza sobre el significado de «mañanita» o preguntaba, intrigado, cómo podía un tocado costar cinco o seis dólares si no era más que un pedazo de terciopelo con un par de cintas y tres capullos de rosa de tela. En aquella ocasión, él parecía dispuesto a pasar un buen rato analizando las cuentas de su esposa y fingiendo horrorizarse por su despilfarro, como hacía con frecuencia, aunque en verdad estuviese especialmente orgulloso de lo prudente que era su mujer.
La joven dejó las cuentas ante él y se colocó detrás de su silla, con la excusa de masajearle la frente para suavizar las arrugas provocadas por el cansancio. Y desde allí, con creciente temor, dijo:
—John, querido, me da vergüenza mostrarte estas cuentas porque en estos últimos días he gastado más de lo debido. Como ahora salgo más, necesito ciertas cosas… Sallie me aconsejó que las comprara y le hice caso. El dinero que me regalará mi tía por Año Nuevo cubrirá parte de los gastos; aun así, en cuanto lo hube comprado, me arrepentí. No quisiera que pensases mal de mí, querido.