Mujercitas

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John se rió, tiró de ella para atraerla hacia sí y, de buen humor, apuntó:

—No te escondas, no te voy a pegar por haberte comprado unas buenas botas. Estoy tan orgulloso de los pies de mi esposa que no me importa pagar ocho o nueve dólares por un calzado de calidad.

Las botas habían sido uno de los últimos caprichos que Meg había anotado en sus cuentas, y los ojos de John habían ido a dar con esa partida mientras la escuchaba. ¡Oh! ¿Qué pensará cuando descubra que me he gastado cincuenta dólares? ¡Qué horror!, se dijo la joven con un escalofrío.

—Es algo más que unas botas; se trata de un vestido de seda —dijo con la tranquila desesperación de quien desea que lo peor haya pasado ya.

—Bueno, querida, como dice el señor Mantalini, ¿a cuánto asciende el «dichoso total»?

John no solía hablar de ese modo y la miraba con su franqueza habitual, a la que ella siempre había sabido corresponder, hasta ese día. Meg pasó la página y volvió la cabeza al tiempo que señalaba la suma final, que ya hubiese sido difícil de aceptar sin los cincuenta dólares de más pero que, con ellos, resultaba escalofriante. Se hizo un silencio tenso que duró un minuto, tras el cual John dijo pausadamente, tratando de no mostrar su malestar:


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