Mujercitas
Mujercitas —Bueno, supongo que cincuenta dólares no es demasiado para un vestido, con todos los adornos y chismes que hacen falta para que quede bien.
—TodavÃa no está hecho, ni siquiera está cortado —observó Meg con un suspiro de consternación, consciente de lo mucho que costarÃa confeccionarlo.
—Veinticinco varas de seda parece mucho para cubrir a una mujer menuda como la mÃa, pero estoy seguro de que irás tan elegante como la esposa de Ned Moffat —dijo John con tono seco.
—Sé que estás enfadado, John, pero no pude evitarlo. No pretendo malgastar tu dinero, no imaginé que esos pequeños gastos sumados fuesen a suponer tanto. Cuando veo a Sallie comprar todo cuanto se le antoja y compadecerse de mà por no poder hacerlo, no me puedo resistir. Intento conformarme, pero resulta muy duro. Estoy harta de ser pobre.
Esto último lo dijo tan bajo que pensó que él no lo habÃa oÃdo, pero lo hizo, y a John le dolió en lo más hondo porque se habÃa privado de muchas cosas para que a Meg no le faltase de nada. Ella deseó haberse mordido la lengua. John dejó los libros de cuentas a un lado, se puso en pie y dijo con voz temblorosa:
—TemÃa que algo asà ocurriese. Haré lo que pueda, Meg.