Mujercitas
Mujercitas Si John la hubiera reprendido, o incluso zarandeado, Meg no se habría sentido tan acongojada como al oírle pronunciar aquellas palabras. Corrió hacia él y le abrazó con fuerza, llorando de arrepentimiento.
—¡Oh, John, mi querido, dulce y trabajador marido! ¡No quería decir eso! He sido mala, falsa y desagradecida. ¿Cómo he podido decir algo así? Oh, ¿cómo he podido?
John, que tenía muy buen corazón, la perdonó de inmediato y no le hizo reproche alguno, pero Meg sabía que, aunque él no volviese a mencionarlo, lo que había hecho y dicho no era fácil de olvidar. Había prometido amarle en lo bueno y en lo malo, y ahora ella, su esposa, le reprochaba que fuese pobre, después de gastar sus ahorros sin consideración. Era horrible, pero lo peor de todo fue que John lo aceptó con tranquilidad y continuó como si nada hubiese pasado, salvo por el hecho de que permanecía hasta más tarde en el pueblo y se quedaba trabajando por las noches mientras ella lloraba hasta que se quedaba dormida. Una semana de arrepentimiento la puso al borde de una enfermedad, y cuando supo que John había anulado el encargo de su abrigo nuevo, la joven cayó en un estado de verdadera desesperación. Se quedó sorprendida cuando, al preguntarle por los motivos del cambio, él se limitó a contestar: «No me lo puedo permitir, querida».