Mujercitas
Mujercitas Laurie asomó por la cocina del Dovecote un sábado, con el rostro rojo de emoción, y fue recibido por todo lo alto por Hannah, que improvisó unos platillos con una sartén en una mano y una tapa en la otra.
—¿Cómo está la nueva mamá? ¿Dónde se ha metido todo el mundo? ¿Por qué no me avisasteis antes? —dijo Laurie con un sonoro suspiro.
—¡Está feliz como una reina! Todo el mundo está arriba rezando. No querÃamos ningún torbellino por aquÃ. Entra en la sala y avisaré de que has venido. —Dicho esto, Hannah desapareció riendo por lo bajo, eufórica.
Jo apareció de inmediato, orgullosa, con un bulto envuelto en una mantita entre los brazos. Su expresión era seria, pero le brillaban los ojos y su voz denotaba una gran emoción contenida.
—Cierra los ojos y extiende los brazos —invitó.
Laurie retrocedió precipitadamente, escondió las manos tras la espalda y la miró con expresión suplicante.
—No, gracias, prefiero no hacerlo. Se me caerÃa o lo aplastarÃa, seguro.
—Entonces, será mejor que no le veas —repuso Jo con tono tajante, y le dio la espalda para salir de la habitación.