Mujercitas

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Lo cierto es que podría haber sido peor, pero Amy juzgó el hecho suficientemente malo. Jo estaba sentada en la hierba, rodeada de críos, con un perro con las patas sucias sobre la falda de su vestido de fiesta, relatando una de las travesuras de Laurie para deleite de quienes la escuchaban. Un niño empujaba a unas tortugas en la preciada sombrilla de Amy, otro comía pan de jengibre encima del mejor gorro de Jo y un tercero lanzaba al aire sus guantes como si se tratase de una pelota. Pero todos lo estaban pasando bien, y cuando Jo recogió sus maltrechas pertenencias, la siguieron hasta la puerta y le rogaron que volviese pronto a hablarles de las travesuras de Laurie.

—Estos chicos son estupendos, ¿verdad? Me siento rejuvenecida después de haber estado con ellos —apuntó Jo, que caminaba con las manos en la espalda, en parte por costumbre y en parte para que su hermana no viese las salpicaduras de la sombrilla.

—¿Por qué siempre evitas al joven Tudor? —preguntó Amy, que tuvo la delicadeza de abstenerse de comentar el deplorable aspecto de su hermana.

—No me cae bien; se da aires de importancia, se burla de sus hermanas, lleva de cabeza a su padre y no habla con respeto de su madre. Laurie dice que es un alocado y a mí no me parece que merezca la pena tenerle entre mis amistades, así que le dejo tranquilo.


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