Mujercitas
Mujercitas Amy abandonó a su hermana a su suerte y se ocupó de su propio contento. El tío del señor Tudor se había casado con una dama inglesa, prima tercera de un lord, y eso hacía que Amy respetase mucho a aquella familia. Porque, a pesar de ser norteamericana, la joven sentía por los títulos nobiliarios esa admiración que afecta a muchos ciudadanos del Nuevo Mundo, una especie de lealtad inconfesa hacia los reyes que hizo que la nación más democrática de la Tierra se emocionase al recibir la visita de un jovencito regio de cabellos dorados pocos años antes. Algo que sin duda refleja el amor que este país joven profesa a su viejo referente; un amor similar al que siente un hijo adulto por una madre autoritaria que, tras retenerle a su lado cuanto ha podido, le deja al fin separarse sin quejas cuando aquél se rebela. Pero ni siquiera la satisfacción de conversar con un pariente lejano de la nobleza británica logró que Amy perdiese la noción del tiempo, por lo que, transcurrido el plazo que consideró oportuno, se despidió de su aristocrático interlocutor y fue a buscar a Jo, rogando fervientemente no encontrar a su incorregible hermana haciendo algo que manchase el buen nombre de los March.
