Mujercitas
Mujercitas 
La feria de la señora Chester era tan elegante y selecta que las jóvenes de la vecindad consideraban un gran honor que las invitaran a atender uno de los puestos y todas estaban muy interesadas en participar. Por fortuna para todos, la señora Chester solicitó la colaboración de Amy, pero no así la de Jo, que atravesaba una época gobernada por el orgullo y que habría de experimentar varios duros reveses aún para aprender a suavizar sus modos. La «altiva y sosa hija de los March» quedó relegada, mientras que el talento y buen gusto de Amy se vieron recompensados cuando le ofrecieron que dirigiera el puesto de arte. La joven se alegró mucho y se puso a trabajar para conseguir obras de valor, apropiadas para la exposición.
Todo iba de maravilla hasta el día de la inauguración, cuando surgieron algunas de esas pequeñas rencillas que es prácticamente imposible evitar cuando veinticinco mujeres, jóvenes y mayores, tratan de trabajar juntas a pesar de sus resentimientos y prejuicios.
