Mujercitas
Mujercitas Las niñas recibieron a Amy y sus tesoros con entusiasmo, y la cálida acogida aplacó en parte su inquietud. Puesto que ya no le era posible triunfar con el arte, se puso a trabajar decidida a hacerlo con las flores. Sin embargo, todo parecía estar en contra de ella. Era tarde, estaba cansada, todo el mundo estaba demasiado ocupado como para echarle una mano y las niñas eran más bien un estorbo, ya que armaban mucho alboroto, hablaban como urracas y lo embarullaban todo en lugar de ayudar a poner orden. El arco de plantas de hojas perennes se bamboleaba y, cuando llenaron los cestos de flores, parecía a punto de desmoronarse sobre sus cabezas. Alguien salpicó al Cupido decorativo y se le formó una especie de lágrima sepia en la mejilla que no se iba con nada. Se machacó los dedos con el martillo y cogió frío mientras trabajaba, lo que le hizo temer por su salud al día siguiente. Estoy segura de que cualquier lectora que haya pasado por algo parecido entenderá cómo se sentía la pobre Amy y deseará que salga airosa de este trance.
Cuando aquella tarde contó en casa lo que le había ocurrido, todas se indignaron mucho. Su madre comentó que era una vergüenza y le aseguró que había actuado bien. Beth declaró que no pensaba pisar la feria y Jo le preguntó por qué no se llevaba todas sus bonitas creaciones y dejaba que aquellas personas tan mezquinas se apañasen sin ella.