Mujercitas
Mujercitas Debería, pero no lo hago, pensó Amy mientras miraba la cara de descontento de May, que asomaba entre unos jarrones que, no por grandes, conseguían llenar los huecos que sus pequeñas creaciones habían dejado. Amy siguió pasando hojas del libro que tenía entre las manos, y en cada página encontraba algo que le recordaba que había endurecido su corazón y que su actitud no era caritativa. Todos los días recibimos, sin darnos cuenta, muchos sermones sabios y verdaderos, en la calle, en la escuela, en el trabajo y en casa. Hasta un puesto en una feria puede convertirse en un púlpito cuando sirve para hacernos llegar palabras buenas que nos consuelan y nunca pierden validez. La conciencia de Amy le dio un pequeño sermón usando ese texto como excusa, y ella hizo lo que los demás no siempre hacemos: se lo tomó muy a pecho y puso en práctica el mensaje recibido.
Un grupo de muchachas se había detenido en el puesto de May para admirar las hermosas creaciones que lo adornaban y comentar el cambio de encargada. Hablaban en voz baja, lo que le bastó a Amy para comprender que se estaban refiriendo a ella y que la juzgaban de acuerdo con la única versión de la historia que conocían. No le resultaba grato, pero se sentía llena de buena voluntad y, al oír que May se quejaba amargamente, tuvo ocasión de demostrarlo.