Mujercitas

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—¡Qué mal! Ya no tengo tiempo de preparar nada más y no quiero llenar estos huecos con cualquier cosa. El puesto estaba la mar de bien… y ahora es un desastre.

—Creo que lo volvería a poner todo si se lo pidieses —apuntó una de las jóvenes.

—¿Cómo voy a pedírselo después del lío que hemos armado? —empezó May, pero no pudo seguir porque Amy la interrumpió diciendo en tono muy amable:

—Puedes usar mis cosas cuando quieras, sin necesidad de pedírmelas. Estaba pensando en ofrecértelas porque las hice para tu mesa, no para la mía, y es allí donde quedan bien. Aquí las tienes; por favor, acéptalas y perdóname por habérmelas llevado de malas maneras ayer por la noche.

Mientras hablaba, Amy colocó las piezas en su lugar, entre gestos de asentimiento y sonrisas, tras lo cual se alejó a toda prisa, porque le resultaba más fácil hacer una buena obra que esperar a que le diesen las gracias.

—Qué detalle más amable, ¿no os parece? —exclamó una de las jóvenes.

Amy no pudo oír la respuesta de May, pero otra jovencita, a la que sin duda el tener que preparar tanta limonada le había agriado un poco el carácter, añadió tras soltar una risita muy desagradable:


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