Mujercitas
Mujercitas El puesto de arte era el más llamativo de toda la sala, habÃa gente apiñada alrededor de la mesa en todo momento y las vendedoras iban y venÃan con cara de importancia y cajas con dinero en las manos. Amy miraba de reojo, suspirando por estar allÃ, donde se habÃa sentido tan cómoda y feliz, en lugar de estar de brazos cruzados en un rincón. Es posible que a muchos de nosotros la situación nos parezca dura, pero para una joven hermosa y alegre la experiencia, además de tediosa, era un mal trago. La idea de que su familia y Laurie la vieran si visitaban la feria por la tarde le resultaba un auténtico martirio.
No volvió a casa hasta la noche y, cuando lo hizo, estaba tan pálida y callada que todos entendieron que habÃa tenido un dÃa muy difÃcil, por mucho que ella no se quejase ni explicase cómo le habÃa ido. A la mañana siguiente, su madre le ofreció una taza de té para darle ánimos, Beth la ayudó a vestirse y le recogió el cabello en una bonita trenza y Jo dejó a todos boquiabiertos cuando se levantó con inusitada preocupación y anunció que las tornas pronto cambiarÃan, sin que nadie supiese bien a qué se referÃa.
—Jo, te ruego que no hagas ninguna tonterÃa. Prefiero no darle más importancia, de modo que trata de olvidar el asunto y cálmate —imploró Amy cuando salió de casa, temprano, con la esperanza de encontrar flores frescas para renovar su puesto.