Mujercitas
Mujercitas —Solo pretendo resultar de lo más agradable a todos y hacer que se queden en tu puesto el máximo tiempo posible. Teddy y los chicos me ayudarán, y lo pasaremos bien —explicó Jo, que se asomó por encima de la verja para ver si llegaba Laurie.
Al poco rato, oyó los pasos de su amigo y corrió a su encuentro.
—¿Es este mi chico?
—¡Tan seguro como que ésta es mi chica! —Y Laurie se colocó la mano de Jo bajo el brazo con el aspecto de un hombre que ha visto satisfechos todos sus deseos.
—¡Oh, Teddy, están pasando unas cosas! —Jo le contó, con celo fraterno, las dificultades a las que tenÃa que enfrentarse Amy.
—Van a venir unos amigos a pasar un rato conmigo y ¡que me cuelguen si no consigo que le compren todas las flores del puesto y se queden acampados frente a la mesa el resto de la tarde! —exclamó Laurie, sumándose vehementemente a la causa.
—Amy dice que no todas las flores están en buen estado y puede que las frescas no lleguen a tiempo. No quiero pecar de malpensada, pero no me extrañarÃa que ni siquiera llegasen. Cuando una persona hace una maldad, lo más probable es que no sea la última —comentó Jo, disgustada.