Mujercitas
Mujercitas —Lo intentaré —concedió Jo, pestañeando con fuerza para contener el llanto mientras recogÃa el cesto de las labores que tan precipitadamente habÃa lanzado por los aires—. Mejor aún, seguiré su ejemplo y, en lugar de contentarme con fingir alegrÃa, trataré de sentirla y no robarle ni un segundo de dicha, aunque no me resultará fácil, porque mi disgusto es enorme. —La pobre Jo dejó caer sobre su acerico unas cuantas lágrimas de amargura.
—Jo, querida, sé que sonará egoÃsta, pero yo no podrÃa vivir sin ti y me alegro de que no te vayas aún —murmuró Beth, y la abrazó con cesto de labores incluido, con tal dulzura y tanto amor que Jo se sintió reconfortada a pesar de que estaba muy arrepentida y deseaba rogarle a la tÃa Carrol que la «molestase con favores» y comprobase lo muy agradecida que podÃa llegar a ser.
Cuando por fin Amy llegó, Jo ya estaba en condiciones de participar del júbilo familiar, quizá no tan sinceramente como de costumbre, pero sà sin afligirse por la suerte de su hermana. La joven recibió la noticia con enorme alegrÃa y, en un rapto de formalidad, comenzó a guardar en la maleta sus pinturas y lápices, dejando las cuestiones sin importancia como la ropa, el dinero y el pasaporte a quienes estaban menos absortos pensando en el arte que ella.