Mujercitas
Mujercitas —Chicas, éste no es un mero viaje de placer para mà —dijo con gravedad mientras limpiaba su mejor paleta—. En él se decidirá mi futuro profesional. Si tengo talento, lo encontraré en Roma y haré algo que lo pondrá de manifiesto.
—¿Y si no lo tienes? —preguntó Jo, que, con los ojos aún enrojecidos, cosÃa unos cuellos nuevos para Amy.
—Entonces, volveré a casa y daré clases de dibujo para ganarme la vida —contestó la aspirante a la fama con gran serenidad. Sin embargo, al pensar en esa posibilidad, hizo una mueca y rascó con más vigor la paleta, como si estuviese dispuesta a tomar medidas drásticas para no renunciar a su sueño.
—No; no harás tal cosa. Tú detestas trabajar. Te casarás con un rico y pasarás el resto de tus dÃas rodeada de lujos —comentó Jo.
—A veces aciertas en tus predicciones, pero no creo que este sea el caso. Por supuesto, me encantarÃa, porque si no puedo ser artista me gustarÃa ayudar a quienes sà pueden —afirmó Amy con una sonrisa como si el papel de lady Generosidad le fuese mejor que el de profesora de dibujo pobre.
—¡Vaya! —dijo Jo con un suspiro—. Si eso es lo que deseas, eso es lo que obtendrás. Tus deseos siempre se cumplen; los mÃos, nunca.