Mujercitas
Mujercitas 
—¡Dios mÃo, no sabÃa que hubiese alguien aquÃ! —exclamó Jo, dispuesta a salir tan rápido como habÃa entrado.
Aunque su sorpresa era evidente, el joven sonrió y dijo en tono afable:
—No se preocupe por mÃ; puede quedarse si lo desea.
—¿No le molestaré?
—En absoluto. Me he escondido porque no conozco a casi nadie y no me siento cómodo entre desconocidos.
—A mà me ocurre lo mismo. Por favor, si no pensaba irse, no lo haga por mÃ.
El joven volvió a sentarse y bajó la mirada al suelo, hasta que Jo, en un intento de mostrarse amable y educada, reanudó la conversación:
—Creo que he tenido el placer de verle antes, vive cerca de nuestra casa, ¿verdad?
—Somos vecinos. —El joven levantó los ojos y rió abiertamente al ver el aire remilgado que Jo habÃa adoptado, pues recordaba la vez que habÃan hablado sobre crÃquet cuando él le llevó el gato perdido a casa.
Su reacción tranquilizó a Jo, que se echó a reÃr también y dijo con todo el corazón:
—Pasamos una tarde estupenda gracias a su regalo de Navidad.
—Fue mi abuelo quien lo envió.