Mujercitas
Mujercitas Aprovechando que la tía y el tío estaban fuera, Flo y yo pedimos un cabriolé para dar un paseo y divertirnos un rato. Después nos enteramos de que no está bien visto que las jovencitas vayan solas en esos coches. ¡Fue muy divertido! En cuanto estuvimos dentro de la caja de madera, el cochero arrancó tan deprisa que Flo se asustó y le rogó que se detuviera. Pero, como el pescante estaba detrás, el hombre no oía ni nuestros gritos ni los golpes que dábamos con la sombrilla en la pared, por lo que seguimos recorriendo la ciudad, sin poder remediarlo, doblando esquinas a una velocidad de vértigo. Por fin, en medio del desespero, vi que había una portezuela en el techo y me asomé. Unos ojos rojos se clavaron en mí y una voz que olía a cerveza me preguntó: «¿Qué quiere la señora?». Le transmití mis instrucciones con la máxima seriedad. El hombre cerró la portezuela de golpe con un «ay, madre» y frenó al caballo, que empezó a caminar tan lento como si fuésemos en una comitiva fúnebre. Volví a asomar la cabeza y pedí: «Un poco más rápido», y el hombre volvió a correr como un loco, por lo que decidimos resignarnos y aceptar nuestro destino.