Mujercitas

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Tras una pausa, Flo dice: «¡Mira, una horca! ¡Y un hombre que va hacia ella!». «¿Dónde, dónde?», pregunto yo, y entonces veo dos postes altos con una viga atravesada y unas cadenas colgando. «Es una mina de carbón», explica el tío con un guiño. «Fijaos en ese rebaño de corderitos tumbados en la hierba, ¡qué bonitos!», comento. «Sí, papá, mira. ¿No te parecen preciosos?», dice Flo emocionada. «Son gansos, jovencitas», observa el tío con un tono que invitaba a no añadir nada más. Después de eso, Flo se sentó y empezó a leer The flirtations of Capt. Cavendish, y yo seguí disfrutando del paisaje.

Como era de esperar, al llegar a Londres llovía y lo único que alcanzamos a ver fue niebla y paraguas. Descansamos, deshicimos el equipaje y fuimos de compras. La tía Mary me regaló algo de ropa, pues salí de casa con tanta precipitación que me hacía falta un poco de todo. Ahora tengo un hermoso sombrero blanco con una pluma azul precioso, un estupendo vestido de muselina a juego y la capa más bonita que podáis imaginar. Ir de compras por Regent Street es una delicia, todo es muy barato; hay lazos preciosos por solo seis peniques la yarda. Me hice con unos cuantos, pero para los guantes prefiero esperar a París. ¿Acaso no parece que quien os cuenta esto sea alguien elegante y rico?


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