Mujercitas

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Si no me doy prisa, no llegaré nunca a hablaros de Londres. De camino hacia la ciudad, tuve la sensación de recorrer una galería de arte, llena de paisajes espectaculares. Las granjas me entusiasmaron, con sus tejados de paja, la fachada cubierta de hiedra, ventanas con celosías y mujeres robustas asomadas con sus sonrosados hijos a la puerta. Hasta el ganado parecía más manso que el nuestro. Las vacas viven a cuerpo de rey y las gallinas cloquean satisfechas, como si, contrariamente a lo que ocurre con las nuestras, nunca se alborotasen. No había visto nunca una gama de colores tan perfecta: la hierba tan verde, el cielo tan azul, el trigo tan amarillo, los bosques tan oscuros. Pasé el día extasiada. Flo también, íbamos de un lado a otro intentando no perder detalle. ¡Y eso que nos desplazábamos a ciento diez kilómetros por hora! La tía, que estaba muy cansada, se durmió y el tío no tenía ojos más que para su guía de viajes. Imaginad la escena. Yo emocionada, exclamo: «¡Oh, esa mancha gris que se ve más allá de los árboles debe de ser Kenilworth!»; Flo, asomada a mi ventanilla, apunta: «¡Qué bonito! Papá, ¿iremos allí?», y el tío, mirando tranquilamente sus zapatos contesta: «No, querida; salvo que pretendas beber cerveza. ¡Es una destilería!».




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