Mujercitas
Mujercitas Al poco, oí la voz de Fred y le vi atravesar corriendo el gran arco en dirección a mí. Parecía tan alterado que me olvidé de todo y le pregunté qué le ocurría. Me explicó que acababa de recibir una carta en la que se le urgía a regresar a casa porque Frank estaba gravemente enfermo. Pensaba marchar de inmediato, en el tren de la noche, y solo venía a despedirse. Lamenté mucho la noticia y me sentí decepcionada… aunque solo por unos segundos, porque me estrechó la mano y dijo con un tono que no dejaba lugar a dudas: «Volveré pronto… No me olvidarás, ¿verdad, Amy?».
No le prometí nada, pero le miré y pareció bastarle con eso. No hubo tiempo para nada más porque apenas disponía de una hora para preparar su partida. Todos le echamos mucho de menos. Sé que quería hablar conmigo, pero intuyo, por algo que comentó en una ocasión, que ha prometido a su padre no hacer nada sin consultárselo. Es un muchacho muy impulsivo y el anciano señor teme que le imponga una nuera extranjera. Pronto nos reuniremos con él en Roma y entonces, si no he cambiado de idea, le aceptaré cuando se declare.