Mujercitas
Mujercitas —Creo que lo que le ocurre es que está creciendo y empieza a fantasear, a descubrir esperanzas, miedos e inquietudes que no sabe explicarse. Verás, mamá, Beth ya tiene dieciocho años, pero no nos damos cuenta y la tratamos como si fuera una niña. Nos olvidamos de que es una mujer.
—Sà lo es, querida. ¡Qué rápido crecéis! —comentó la madre con una sonrisa y un suspiro.
—Es inevitable, mamá. Tendrás que resignarte ante toda clase de preocupaciones y dejar que tus polluelos abandonen el nido, uno a uno. Si sirve de algo, prometo no alejarme demasiado.
—SÃ, eso es un gran consuelo, Jo. Ahora que Meg ya no vive con nosotros, me siento más fuerte cuando estás en casa. Beth no goza de buena salud y Amy es demasiado joven para contar con ella; pero sé que si hace falta arrimar el hombro, tú siempre estás dispuesta.
—Sabes que no me asusta el trabajo duro y en toda familia hace falta alguien con empuje. Amy es estupenda con las labores finas, pero yo me siento más a gusto cuando hay que recoger las alfombras o todo el mundo enferma a la vez. Amy está descollando en el extranjero, pero si algo falta en casa, llámame a mÃ.