Mujercitas
Mujercitas —¡Adelante!
Iba a retirarme a toda prisa, cuando entrevà a un encanto de niña cargada con un gran libro, y permanecà allà para ver qué ocurrÃa.
—Mà quiere a mi Bhaer —dijo la criatura, que dejó súbitamente el libro sobre la mesa y corrió hacia él.

—Por supuesto, aquà está tu Bhaer. ¡Ven a darme un abrazo, Tina! —dijo el profesor, y con una carcajada la alzó por encima de su cabeza hasta el punto de que la niña hubo de inclinar su carita para poderle dar un beso.
—Ahora, mà irá a estudiar —prosiguió la encantadora alumna. Asà pues, el señor Bhaer la acompañó a uno de los pupitres, abrió el enorme diccionario que ella habÃa traÃdo y le entregó papel y lápiz. Enseguida, la pequeña empezó a garabatear. De vez en cuando, pasaba una página y deslizaba un dedito gordezuelo por la hoja, hasta dar con el término esperado. Trabajaba con tal seriedad que a duras penas conseguà reprimir una carcajada para no traicionar mi presencia. El señor Bhaer, que permanecÃa a su lado, acariciaba sus hermosos cabellos en un gesto paternal que me hizo pensar que debÃa de ser hija suya, aunque la niña parecÃa más francesa que alemana.