Mujercitas
Mujercitas Cuando, poco después, volvieron a llamar a la puerta y vi entrar a dos jovencitas, me dije que era hora de retomar mis labores y me concentré virtuosamente en la costura, a pesar del ruido y la cháchara procedentes de la sala contigua. Una de las muchachas reÃa con gran afectación y repetÃa «¡Profesor, por favor!» en tono coqueto, y la otra pronunciaba tan mal el alemán que supuse que al hombre debÃa de costarle un gran esfuerzo mantener la compostura.
Estaba claro que ambas ponÃan a prueba su paciencia, porque más de una vez le oà decir con gran vehemencia: «No, no es asÃ. ¡No prestáis atención!», y en una ocasión sonó un ruido seco, como si hubiese golpeado la mesa con un libro, seguido de la exclamación «¡Es inútil! Parece que hoy todo tiene que salir mal».
Pobre hombre, sentà lástima por él. Cuando las jovencitas se marcharon, eché un nuevo vistazo para comprobar si seguÃa vivo. Se habÃa dejado caer sobre la silla, agotado, y permaneció allà con los ojos cerrados hasta que el reloj dio las dos. Entonces, se levantó de un salto y guardó los libros, como si preparase todo para otra clase, fue hacÃa la pequeña Tina, que se habÃa quedado dormida en el sofá, y se la llevó en brazos sin hacer ruido. Supongo que el pobre ha tenido una vida muy dura.