Mujercitas

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El profesor estaba en un extremo de la mesa, sentado entre un inquisitivo y anciano caballero duro de oído, cuyas preguntas contestaba a gritos, y un francés con el que conversaba sobre filosofía. De haber estado Amy presente, le habría dado la espalda para siempre jamás, porque el pobre parecía verdaderamente hambriento y engullía la comida de un modo que habría escandalizado a nuestra sensible damita. A mí no me importó porque «me gusta ver a la gente disfrutar con la comida», tal y como suele decir Hannah, y me pareció lógico que el pobre necesitara recuperar fuerzas después de haber dado clase a unas muchachas tan estúpidas.

Cuando subía por las escaleras, después de la cena, oí a dos jóvenes conversar mientras se atusaban la barba ante el gran espejo del vestíbulo.

—¿Quién es la nueva? —preguntó uno.

—Una institutriz o algo así.

—¿Y por qué se sienta a la mesa con nosotros?

—Creo que es amiga de la señora.

—No está mal, pero no tiene estilo.

—Ni gota. ¡Venga, vamos!


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