Mujercitas
Mujercitas Prometà que asà lo harÃa y el señor Bhaer se marchó, pero parece que el destino quiere que nos encontremos con frecuencia, porque hoy, al pasar junto a la puerta de su dormitorio, le di sin querer con mi sombrilla y se abrió de par en par. Le encontré en batÃn, con un gran calcetÃn azul en una mano y una aguja de zurcir en la otra. No pareció avergonzarse de que le viera asà y cuando, después de pedir disculpas, me disponÃa a seguir mi camino, agitó una mano, sin soltar el calcetÃn, y dijo con ese tono alegre y fuerte propio de él:
—Hace un dÃa estupendo para dar un paseo. Bon voyage, mademoiselle!
Bajé riendo todo el tramo de escaleras, aunque me pareció algo triste que el pobre hombre tuviese que remendarse él mismo la ropa. Yo sé que los caballeros alemanes bordan, pero zurcir calcetines es otra cosa. No tiene nada de elegante.
Sábado