Mujercitas
Mujercitas Hoy no ha ocurrido nada que merezca ser reseñado, salvo mi visita a la señorita Norton, cuyo dormitorio está lleno de cosas hermosas y que es muy amable, porque me mostró todos sus tesoros y me preguntó si me gustaría asistir con ella a conferencias y conciertos como dama de compañía. Lo planteó como si me pidiese un favor, pero estoy segura de que la señora Kirke le ha hablado de nosotras y de que lo hace para tener un detalle conmigo. Sigo siendo más orgullosa que el demonio pero, puesto que recibir favores como ése de personas como ella no me incomoda, acepté de buen grado.
Cuando volvía a la sala de clases, oí tal alboroto en la sala contigua que eché un vistazo. Vi al señor Bhaer a cuatro patas, con Tina subida a su espalda y Kitty tirando de él con una cuerda de saltar a la comba. Mientras tanto, Minnie lanzaba pedazos de bizcocho a dos niños que rugían como leones rampantes encerrados en una jaula improvisada con sillas.
—Estamos jugando a los domadores —explicó Kitty.
—¡Yo voy montada en un elefante! —exclamó Tina, agarrada al cabello del profesor.

—Mamá nos deja hacer lo que queramos los sábados por la tarde, cuando vienen Franz y Emil.
El «elefante» se sentó, y, aunque parecía tan entusiasmado como el que más, se puso serio y dijo: