Mujercitas

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A estas alturas, ya somos muy buenos amigos, y he empezado a tomar clases. No me pude negar, todo ocurrió de forma tan sorprendente que tengo que contártelo. Empezaré por el principio. Un día, cuando pasaba junto a la habitación del señor Bhaer, la señora Kirke, que estaba trasteando dentro, me llamó.

—Querida, ¿has visto semejante leonera? Ven a ayudarme a colocar estos libros, porque lo he puesto todo patas arriba intentando descubrir qué ha sido de los seis pañuelos nuevos que le regalé no hace mucho.

Entré y, mientras los buscábamos, aproveché para echar un vistazo. En efecto, era una leonera. Había papeles y libros amontonados por todas partes, una pipa rota y una flauta vieja sobre la repisa de la chimenea. Un pájaro con las plumas alborotadas y sin cola piaba en el alféizar de una ventana y una caja con ratones blancos decoraba la otra. Entre los papeles yacían barquitos a medio hacer y trozos de cuerda; unas botas pequeñas y sucias se secaban frente a la chimenea y los queridos niños por los que tanto se sacrificaba habían dejado su rastro por toda la habitación. Después de mucho revolver, encontramos tres de los pañuelos perdidos: uno en la jaula del pájaro, otro manchado de tinta y el tercero chamuscado porque lo había usado para retirar algo del fuego.


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