Mujercitas
Mujercitas Por supuesto, después de aquello no pude decir nada, y como en verdad me parecía una oportunidad excelente, acepté el trato y empezarnos el intercambio. Tras las primeras cuatro clases, me sentí perdida con la gramática. El profesor se mostraba muy paciente conmigo, pero debía de ser un tormento para él. De vez en cuando me miraba con cara de desesperación y yo no sabía si reír o llorar. De hecho, hice ambas cosas, y un día, cuando dejé escapar un suspiro de vergüenza y pesar, lanzó al suelo el libro de gramática y salió de la habitación. Yo me sentí muy avergonzada y creí que nunca volvería, pero le comprendía. Estaba recogiendo mis cosas a toda prisa, con la intención de ir a refugiarme a mi cuarto, cuando entró de nuevo, muy sonriente, y anunció:
—Bueno, ahora probaremos una técnica nueva. Leeremos juntos estos agradables Märchen y nos olvidaremos de ese libro tan árido, que se quedará castigado en un rincón.