Mujercitas
Mujercitas Los talones que estaban más altos bajaron y pudo ver a un caballero envuelto en humo que hacÃa rodar el puro entre los dedos. Fue hacia ella asintiendo con la cabeza y con una expresión en el rostro que solo traslucÃa falta de sueño, Jo, deseosa de acabar cuanto antes con aquel asunto, le tendió el manuscrito y, cada vez más ruborizada, sumó meteduras de pata mientras pronunciaba el breve discurso que habÃa preparado para la ocasión.
—Una amiga… me envÃa para que le entregue esta historia… Bueno, es más bien un experimento… Le interesa mucho su opinión… Si le gusta, podrÃa escribir algo más.
Mientras ella balbucÃa y se sonrojaba, el señor Dashwood pasaba las páginas del manuscrito con sus sucios dedos y revisaba con aire crÃtico las pulcras páginas.
—No es la primera obra que presenta, ¿verdad? —comentó al comprobar que las páginas estaban numeradas, escritas por una sola cara y no estaban sujetas con un lazo, que era la marca inequÃvoca de los novatos.
—Asà es, señor, mi amiga tiene algo de experiencia, consiguió un premio con un cuento en un concurso del Blarnevstone Banner.