Mujercitas
Mujercitas —¿En serio? —El señor Dashwood le echó un vistazo en el que pareció estudiar todo su atuendo, desde el lazo del sombrero hasta los botones de sus botas—. Bueno, puede dejar el manuscrito, si asà lo quiere; por ahora, tenemos tantos escritos de este tipo que no sabemos qué hacer con ellos, pero lo leeré con atención y le diré algo la semana que viene.
A Jo ya no le apetecÃa dejar el manuscrito, pues el señor Dashwood no era de su agrado pero, dadas las circunstancias, no podÃa más que asentir y marcharse con la cabeza bien alta y el aire digno que adoptaba cuando se sentÃa molesta o avergonzada, En aquella ocasión, sentÃa ambas cosas, porque las miradas que habÃan intercambiado los caballeros dejaban bien claro que no se habÃan tragado su mentirijilla acerca de la amiga escritora. Cuando cerró la puerta y oyó que todos reÃan tras algún comentario del editor, su turbación aumentó. Decidida a no volver nunca a ese lugar, regresó a casa y desahogó su frustración dando vigorosas puntadas a unos delantales hasta que, un par de horas después, se tranquilizó lo suficiente para reÃr al recordar lo ocurrido y desear que llegase la semana siguiente.