Mujercitas

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Cuando volvió, encontró al señor Dashwood solo, de lo que se alegró. El hombre estaba mucho más despierto que en la ocasión anterior, lo que era de agradecer, y no estaba envuelto en una nube de humo de puro que le impidiese recordar sus buenos modales. Por todo ello, la segunda entrevista fue mucho mejor que la primera.

—Aceptaremos su manuscrito —(los editores nunca hablan en singular)— si no se opone a introducir algunas modificaciones. Es excesivamente largo pero, si omite los pasajes marcados, tendrá la extensión adecuada —explicó en tono muy formal.

Las páginas estaban tan arrugadas y subrayadas que Jo apenas reconocía su manuscrito, pero le echó un vistazo, con la cara que pondría una madre a quien aconsejasen cortar una pierna a su hijo para que cupiese mejor en la cima, y descubrió con asombro que los fragmentos eliminados eran aquellos en los que había intercalado con suma discreción alguna reflexión moral que compensase tanto romanticismo barato.

—Pero, señor, yo creo que toda historia debe transmitir un mensaje moral para ayudar a que unos cuantos pecadores se arrepientan.

El señor Dashwood relajó su semblante serio de editor y sonrió, porque Jo había olvidado la excusa de la «amiga» y hablaba como solo un autor lo haría.


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