Mujercitas
Mujercitas —Mire, la gente quiere pasar un buen rato, no que le den un sermón. Hoy en dÃa, lo moral no vende. —Afirmación que, por supuesto, no era cierta.
—Entonces, ¿cree que deberÃa aceptar las correcciones?
—SÃ, el argumento es novedoso y está bastante bien resuelto, y el estilo es bueno —fue la amable respuesta del señor Dashwood.
—¿Y qué…? Quiero decir, ¿qué compensación…? —empezó Jo, sin encontrar las palabras precisas.
—SÃ, claro… Bueno, por esta clase de textos solemos dar entre veinticinco y treinta dólares. Pagamos cuando se publica —contestó el señor Dashwood, como si hubiese olvidado aquel asunto; es sabido que un editor no suele ocuparse de esas fruslerÃas.
—Está bien, es suyo —dijo Jo, que le entregó nuevamente el manuscrito con aire satisfecho porque, después de cobrar un dólar por columna, incluso veinticinco dólares le parecÃan una buena paga—. ¿Quiere que le diga a mi amiga que si escribe otra mejor podrÃa interesarle? —inquirió Jo, sin recordar el lapsus que la habÃa delatado antes y envalentonada por su logro.
—Bueno, le echarÃamos un vistazo, pero no le prometo nada. DÃgale que escriba algo más corto y más picante y que se olvide de la moral. ¿Qué nombre quiere su amiga que pongamos como autora? —preguntó el editor en tono despreocupado.