Mujercitas
Mujercitas Al principio, a Jo le extrañaba que todos le quisieran tanto. No era rico, noble, joven ni guapo, de ningún modo podrÃa calificársele de fascinante, impresionante o brillante, y sin embargo resultaba tan atractivo como un buen fuego y los demás se congregaban a su alrededor de forma espontánea, como si les calentase el corazón. Era pobre, pero siempre parecÃa estar regalando cosas a los demás; era extranjero, pero tenÃa muchos amigos; ya no era joven, pero tenÃa el corazón tan alegre como el de un niño; era franco y extravagante, pero muchos consideraban que tenÃa unos rasgos agraciados y perdonaban sus rarezas por su buen carácter. Jo lo observaba con frecuencia para tratar de descubrir el origen de su encanto y, al fin, llegó a la conclusión de que era la benevolencia la que obraba el milagro. Si el profesor tenÃa alguna pena, se «sentaba con la cabeza entre las alas» y mostraba a los demás su lado más risueño. TenÃa arrugas en la frente, pero el tiempo le habÃa tratado bien, tal vez en pago a lo bueno que era con sus semejantes. Las simpáticas arrugas que bordeaban su boca parecÃan recordar las muchas palabras amistosas pronunciadas y las risas alegres. Sus ojos nunca resultaban frÃos ni duros, y sus apretones de manos, efusivos y cálidos, decÃan más que cualquier palabra.