Mujercitas
Mujercitas Sus ropas parecían participar del carácter hospitalario del profesor. Era como si estuvieran a gusto con él y quisiesen que se sintiera cómodo. Lo amplio de su chaleco parecía anunciar lo grande que era el corazón que cobijaba, su gastado abrigo tenía un aire distinguido y los anchos bolsillos daban fe de las manos de los niños que solían llegar vacías e irse llenas. Hasta sus botas parecían benevolentes y el cuello de su camisa nunca estaba tieso ni áspero como el de todos los demás.
¡Eso es!, se dijo Jo cuando, al fin, comprendió que el mirar con buenos ojos a alguien transformaba al otro hasta el punto de que un robusto profesor alemán que zampaba la comida, zurcía calcetines y llevaba la carga de un apellido que no sonaba bien resultase bello y digno.