Mujercitas
Mujercitas No había transcurrido ni la mitad de la velada cuando Jo se sintió tan profundamente désillusionnée que tuvo que sentarse en un rincón para recuperar el ánimo. El señor Bhaer se acercó, con aspecto de sentirse fuera de lugar, momento en que varios filósofos, cada uno con su tema a cuestas, se dirigieron lentamente hacia allí para organizar una especie de torneo intelectual en aquel lugar apartado. La conversación era de todo punto incomprensible para Jo, que aun así disfrutó escuchándolos hablar de Kant y Hegel, dos dioses desconocidos, y de términos inteligibles como «objetivo» y «subjetivo». Pero lo único que surgió de su interior, terminada la charla, fue un tremendo dolor de cabeza. Poco a poco le pareció entender que el mundo, hecho pedazos, se había recompuesto para dar lugar a otro nuevo regido, a decir de los contertulios, por principios mucho mejores que los anteriores; que la religión perdía fuerza ante la razón y que el intelecto se convertía en el único Dios verdadero. Jo no entendía mucho de filosofía ni de metafísica, pero aquellas ideas le provocaron una curiosa emoción que era a la vez placentera y dolorosa, y mientras los escuchaba tenía la sensación de ir a la deriva en el tiempo y el espacio, como un globo que se escapa y vaga por el cielo.