Mujercitas
Mujercitas Jo iba preparada para inclinarse y venerar a los personajes a los que adoraba con juvenil entusiasmo. Sin embargo, su reverencia por los genios sufrió un duro revés aquella noche, y tardó un tiempo en recuperarse del impacto que le produjo descubrir que aquellas grandes criaturas eran, al fin y al cabo, hombres y mujeres. Cabe imaginar su consternación cuando, al mirar de reojo, con tímida admiración, al poeta cuyos versos habían conmovido su ser alimentándolo con «espíritu, fuego y rocío», todo lo que vio fue a un hombre que devoraba su cena con tal pasión que hasta el semblante tenía enrojecido. Caído uno de sus ídolos, la joven no tardó en descubrir otras cosas que disolvieron su visión romántica. El excelente novelista iba de una licorera a otra con la regularidad de un péndulo; el famoso teólogo coqueteaba abiertamente con la madame de Stäel de la época, que apuñalaba con la mirada a la Corinne de turno, quien hacía burla de ella tras tratar en vano de llamar la atención del profundo filósofo, que bebía tanto té como Samuel Johnson y parecía a punto de quedarse dormido, puesto que la locuacidad de la dama hacía imposible toda conversación. En cuanto a los científicos, habían hecho a un lado los moluscos y los períodos glaciares y murmuraban sobre arte mientras devoraban ostras y helados con gran dedicación. El joven músico, que había hechizado a la ciudad entera como un segundo Orfeo, hablaba sobre caballos, y el único ejemplar de noble inglés presente resultó ser el hombre más ordinario de la fiesta.