Mujercitas
Mujercitas A continuación, probó con cuentos para niños, de los que podría haber prescindido de no haber querido lucrarse con ellos, en un afán mercenario. La única persona que le ofreció una suma suficiente para que mereciese la pena que se aventurara en el mundo de la literatura infantil fue un caballero rico que creía que su misión en la vida era convertir a los demás a su credo particular. Pero, por mucho que le agradase la idea de escribir para niños, Jo no podía consentir que todos los menores traviesos acabasen devorados por osos o embestidos por toros furiosos solo porque no acudieran los sábados a una determinada escuela de catequesis, que todos los niños buenos que sí lo hacían recibiesen a cambio toda suerte de bendiciones, desde pan de jengibre dorado hasta coros de ángeles que los escoltaban cuando dejaban este mundo, entre salmos y sermones pronunciados con sus lenguas ceceantes. Así pues, en vista de que nada bueno salía de aquellos intentos, Jo tapó el tintero y dijo, en un arranque de humildad:
—No sé nada. Esperaré hasta que sepa hacerlo mejor antes de volver a intentarlo y, mientras tanto, «barreré las calles si es preciso». —Y esa decisión fue la prueba de que, como en el cuento, la segunda caída de la mata de judías le había hecho mucho bien.