Mujercitas
Mujercitas 
Fuese cual fuese el motivo, lo cierto es que aquel año Laurie dio muestras de una gran determinación; se graduó cum laude y, a decir de sus amigos, recitó su discurso con la gracia del revolucionario orador estadounidense Phillips y la elocuencia de Demóstenes. Todo el mundo fue a verle: su abuelo, ¡que estaba tan orgulloso!, el señor y la señora March, John y Meg, Jo y Beth… Y todos se regocijaron por él con esa sincera admiración a la que los chicos no dan importancia pero que es tan difícil de conseguir luego en la vida, por muchos triunfos que tengamos.
—Tengo que quedarme por esta maldita cena, pero estaré en casa mañana temprano. ¿Vendréis a recibirme como antes, chicas? —preguntó Laurie al dejar a las hermanas en el carruaje, después de terminadas las celebraciones. Dijo «chicas», pero en realidad se refería solo a Jo, porque ella era la única que seguía manteniendo la vieja costumbre; y, puesto que era incapaz de negarle nada a su espléndido y triunfador muchacho, contestó con ternura:
—Iré, Teddy, ya llueva o truene, y desfilaré ante ti tocando un himno de bienvenida a los héroes con un birimbao.
Laurie le dio las gracias con una mirada que hizo que ella se estremeciese y pensase: ¡Oh, Dios! Estoy segura de que me dirá algo, ¿y qué haré entonces?
