Mujercitas

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No es para mí, no debo albergar esperanzas, se dijo lanzando un suspiro que era casi un lamento. Después, como si se reprochase a sí mismo no poder contener su anhelo, fue a dar un beso a las dos cabecitas que dormían, cogió su pipa de espuma de mar, que rara vez fumaba, y abrió un libro de Platón.

Hizo todo cuanto pudo, y con gran resolución, pero no creo que un par de niños díscolos, una pipa o incluso el divino Platón fueran buenos sustitutos de una esposa, unos hijos y un hogar.

Aunque era temprano, a la mañana siguiente se presentó en la estación para despedir a Jo. Y, gracias a él, la joven inició su solitario viaje con el recuerdo amable de un rostro conocido y sonriente, un ramo de violetas y, lo mejor de todo, un pensamiento dichoso: «Bueno, el invierno terminó y no he escrito ningún libro ni he ganado ninguna fortuna, pero he hecho un amigo que merece la pena e intentaré no perderle nunca».





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