Mujercitas

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Jo levantó la vista, pensando solo en su alegría al imaginar un encuentro entre ambos hombres. De pronto, algo en la expresión del señor Bhaer le hizo pensar que probablemente Laurie seguiría queriendo ser más que un amigo y, como no deseaba dar a entender que podía haber algo entre ellos, se sonrojó sin querer. Y cuanto más trataba de no ruborizarse, más roja se ponía. No sé qué hubiese sido de ella de no haber tenido a Tina sobre las rodillas. Por fortuna, la niña sintió el deseo de abrazarla, por lo que Jo pudo ocultar su rostro unos instantes, con la esperanza de que el profesor no se hubiese percatado de nada. Pero sí lo hizo y, tras un momento de angustia, adoptó su tono habitual para decir con gran cordialidad:

—Temo que no dispondré de tiempo para visitarles, pero le deseo mucha suerte a su amigo, y a usted, toda la felicidad. ¡Que Dios la bendiga! —Dicho esto, le dio un tierno apretón de manos, puso a Tina sobre sus hombros y se marchó.

Cuando los niños estuvieron en la cama, el profesor se sentó junto al fuego, con expresión cansada y embargado por la nostalgia. Entonces recordó a Jo sentada con la pequeña sobre sus rodillas, y la dulzura nueva que había iluminado su cara, y apoyó la cabeza sobre las manos. Después dio varias vueltas por la habitación, como si buscara algo y no lograra hallarlo.


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