Mujercitas
Mujercitas A los niños no habÃa quien los consolara, y el señor Bhaer iba con el cabello despeinado y encrespado, porque siempre se lo mesaba cuando estaba inquieto.
—¡Se va a casa! ¡Qué suerte tener un hogar al que volver! —dijo el profesor, y permaneció sentado en un rincón, en silencio, mesándose la barba mientras celebraban la pequeña fiesta de despedida que Jo improvisó la última noche.
Como al dÃa siguiente partirÃa de madrugada, Jo se despidió de todos antes de irse a dormir y, cuando le llegó el turno a él, dijo afectuosamente:
—Bueno, señor, espero que si alguna vez viaja por la zona se acerque a vernos. Si no lo hace, nunca le perdonaré. Quiero que todos conozcan a mi amigo.
—¿En serio? ¿Le gustarÃa que fuese? —preguntó él dirigiéndole una mirada llena de un entusiasmo que la joven no percibió.
—Claro, señor, venga el mes que viene. Laurie se graduará entonces y podremos ir a la ceremonia de entrega de diplomas juntos.
—¿Se refiere a su mejor amigo? —preguntó el profesor un tanto alterado.
—SÃ, estoy muy orgullosa de él. Me encantarÃa que le conociese.