Mujercitas
Mujercitas En ocasiones como aquélla, solÃa tomar a Laurie del brazo, pero optó por no hacerlo y él no protestó —lo que no era una buena señal—, y se puso a hablar a toda velocidad de cosas ajenas a ellos, hasta que dejaron atrás la carretera para adentrarse en el camino que atravesaba el bosquecillo e iba a dar a sus casas. Entonces, el joven aminoró el paso, la conversación se tornó menos fluida e incluso hubo algún que otro silencio incómodo entre ambos. Con el propósito de rescatar la charla de uno de aquellos pozos de silencio, Jo comentó a la ligera:
—¡Supongo que ahora tendrás unas buenas vacaciones!
—Ésa es mi intención.
Algo en el tono firme del muchacho hizo que Jo levantase la mirada enseguida y le descubriese observándola de un modo que no dejaba lugar a dudas: el momento que tanto temÃa habÃa llegado. Alzó la mano para frenarle e imploró:
—¡Por favor, Teddy, no lo hagas!
—Sà lo haré y tendrás que escucharme. No sirve de nada callar, Jo. Tenemos que aclarar este asunto y cuanto antes lo hagamos mejor para ambos —apuntó, a un tiempo animado y rojo de vergüenza.
—Está bien; entonces, habla. Te escucho —repuso Jo con una paciencia algo teñida de desesperación.