Mujercitas
Mujercitas —Lo suponÃa; es muy propio de ti, pero no ha servido de nada. Solo has conseguido que te quiera más y que me esfuerce más por agradarte. He dejado de ir a los billares y de hacer la clase de cosas que te desagradan, he esperado sin protestar con la esperanza de que correspondÃas a mi amor, aunque yo valga mucho menos que tú… —Llegado a este punto, la voz se le quebró y Laurie decapitó varios ranúnculos al tiempo que se aclaraba la «maldita garganta».
—¡Eso no es cierto! Tú vales mucho más que yo, y te estoy muy agradecida por todo… Me siento orgullosa de ti y te aprecio mucho. No sé por qué no soy capaz de amarte como esperas. Lo he intentado, pero no puedo mandar en mis sentimientos y si afirmase sentir algo más estarÃa mintiendo.
—¿Estás segura, Jo?
Al formular la pregunta Laurie se detuvo en seco, le tomó las manos y la miró de un modo que ella no olvidarÃa jamás.
—SÃ, estoy segura.
Ya estaban en el bosquecillo, a unos pasos de la cerca. Cuando Jo pronunció aquellas últimas palabras a regañadientes, Laurie dejó caer las manos y dio media vuelta, dispuesto a seguir adelante. Pero, por primera vez en su vida, era como si aquella cerca fuese insalvable, y se quedó allÃ, con la cabeza apoyada en los postes tapizados de musgo, tan callado que Jo sintió miedo.