Mujercitas
Mujercitas —Pues parecÃa un saltamontes histérico cuando daba esos pasos, Laurie y yo no parábamos de reÃr; ¿se nos oÃa?
—No, pero me parece muy desconsiderado. Además, ¿qué hacÃais tanto rato escondidos?
Jo contó sus aventuras y, cuando acabó, ya habÃan llegado a casa. Se despidieron de Laurie tras darle varias veces las gracias y entraron sigilosas para no despertar a nadie; pero, en cuanto abrieron la puerta de su habitación, asomaron dos cabecillas con gorro de dormir y dos vocecillas, adormiladas pero impacientes, exclamaron:
—¡Habladnos de la fiesta! ¡Queremos saberlo todo!
Con lo que Meg habÃa calificado de «una falta absoluta de modales», Jo habÃa guardado unos bombones para sus hermanas pequeñas, que dieron cuenta de ellos mientras oÃan el relato de los acontecimientos más emocionantes de la velada.
—Ahora sé lo que siente una joven de clase alta que vuelve a casa en carruaje y espera sentada en su tocador a que su criada la sirva —dijo Meg mientras Jo le daba unas friegas de árnica en el tobillo y le cepillaba el cabello.